Artaud y el teatro de la crueldad: peste, pintura y alquimia
- caracas crítica
- 14 may 2021
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Por: Sita de Abreu
A la luz de la teoría teatral desarrollada por Antonin Artaud, se revisa el elogio que hace el autor del «teatro auténtico» como un desvelamiento de fuerzas reprimidas e irreconciliables que desafía los significados convencionales y se distancia de cánones estéticos, dando vida a lo que, de forma similar, el filósofo Simon Critchley identifica como el arte de lo monstruoso en la tragedia.
En un excelente libro de Simon Critchley titulado La tragedia, los griegos y nosotros, el autor dedica uno de sus capítulos a dilucidar sobre lo que denomina la monstruosidad o el arte de lo monstruoso en la tragedia. Con ello, se refiere a la revelación en la experiencia estética teatral de todo aquello que resulta insoportable e irreconciliable en nuestra frágil condición humana. Se trata de un enfrentamiento con la violencia constitutiva de nuestra estadía en el mundo producto de la ausencia de un asidero firme frente a las encrucijadas morales de la existencia. Critchley llama a esta misteriosa fuerza de lo incierto lo «trascendentalmente opaco», puesto que escapa a la intelección y, por tanto, únicamente puede ser develada a través del arte.
El arte de lo monstruoso en el teatro se refiere a una confrontación desnuda con la realidad, un súbito encuentro con el implacable abrazo de la vida que estremece a los espectadores, los sacude del letargo de la cotidianidad y los enfrenta a las preguntas más fundamentales de la vivencia humana. Así entendido, lo monstruoso desafía, por un lado, el puritanismo estético que entiende el arte desde una perspectiva exclusivamente apolínea, y por el otro, todo intento de aprehensión conceptual e intelectualismo que falla en dar respuesta a la ambigüedad moral propia de lo trágico.
Curiosamente, este arte teatral de lo monstruoso que introduce Critchley contraría lo que Aristóteles exponía en el capítulo XIV de su Poética con referencia a la tragedia: allí el autor prescribe que el camino más valioso para producir el temor y la conmiseración no es el espectáculo, sino la estructura y los incidentes del drama. “En cuanto a las que mediante el espectáculo no producen temor sino horror por lo monstruoso, del todo son ajenas a la tragedia” (Aristóteles, 335 A.C./2016, cursiva propia).
Por el contrario, lo que Critchley define como lo monstruoso escapa del formalismo de la trama, por cuanto es una fuerza vital que supera los confines del diálogo y la estructura, “algo que preferiríamos mantener fuera de vista pero que nos presiona con una insistencia insoportable” (Critchely, 2019, p. 197). Bajo esta premisa, otros recursos teatrales adquieren un nuevo significado.
Es así como algunos teóricos del teatro, en oposición a Aristóteles, han optado por interceder en favor del espectáculo como posibilidad de remover el velo a la muda pero poderosa presencia de lo trascendentalmente opaco, fuente de todo lo que es demasiado intolerable como para comprender o siquiera reconocer. Uno de los más ardientes defensores de la idea de resucitar la pureza e integridad del espectáculo con este fin fue Antonin Artaud, autor del teatro de la crueldad, una teoría del arte dramático que expone en su obra El teatro y su doble (1938).

Para Artaud, el teatro es la revelación de fuerzas oscuras, latentes, que en la cotidianidad se esconden tras incontables máscaras de hipocresía, pero en escena se manifiestan hasta el paroxismo. Para ilustrar su teoría, el autor se vale de distintas analogías, cada una de las cuales pretenden acercarnos a los misterios que celosamente guarda la acción teatral.
El teatro y la peste
[El teatro] Como la peste, rehace la cadena entre lo que es y lo que no es, entre la virtualidad de lo posible y lo que ya existe en la naturaleza materializada. Redescubre la noción de las figuras y los arquetipos, que operan como golpes de silencio, pausas, intermitencias del corazón, excitaciones de la linfa, imágenes inflamatorias que invaden la mente bruscamente despierta (Artaud, 1978, p.31).
Con un efecto similar a una epidemia que estremece los cimientos de la normalidad esperada y cuidadosamente mantenida, el teatro es el lugar donde los actos hostiles a la sociedad que subyacen en cada uno de nosotros y que permanecen reprimidos hasta la neurosis adquieren un derecho de develación por medio de símbolos, incitando a los espectadores a una rebelión que, sin embargo, no puede sino permanecer virtual.
Se trata de una invitación al espíritu al delirio y a la fuente misma de sus conflictos. Es la liberación de las posibilidades reprimidas que, curiosamente, nunca puede transgredir los límites del escenario, porque solamente en su virtualidad la rebelión conserva toda su fuerza. En el teatro, según Artaud, la energía de estas perturbaciones reside precisamente en que la liberación no se consuma, sino que se niega, dando paso a una dinámica circular que mantiene viva todo el efecto de lo monstruoso en nosotros.
El teatro y la pintura metafísica
La segunda analogía a la que Artaud recurre es la del teatro como pintura, refiriéndose exclusivamente a aquellas que, en sus propias palabras, hablan un lenguaje metafísico. El autor hace aquí referencia a Lot y sus hijas de Lucas van Leyden, en cuyo lienzo se encuentran entremezclados el drama de la naturaleza y el incesto como temas de un conocido pasaje bíblico del Antiguo Testamento: una lluvia de fuego azota la ciudad de Sodoma mientras Lot, que logró escapar con su familia, abraza con lujuria a una de sus hijas, con las que tendrá descendencia.

Esta obra causó tanta impresión en Artaud que este llegará a afirmar que “los cuatrocientos o quinientos años de pintura siguientes son insustanciales e inútiles” (Artaud, 1978, p.37). Su admiración es animada por el sentido de fatalidad, exceso, conmoción que ella despierta, tal y como, según afirma, debiese hacer el teatro.
En efecto, el teatro auténtico para Artaud es de tal forma que invierte o transmuta los significados convencionales en desafío al realismo, la literalidad y la palabra hablada. Para nuestro autor, la poesía del teatro reside en lo indecible, razón por la cual otras formas de expresión resultan imprescindibles y no meramente accesorias: pantomima, luces, música, danza, actitudes, escenario…Es poesía en el espacio y el movimiento.
Se trata de un lenguaje propio que ocurre en la escena y que apela fundamentalmente a lo sensible y concreto, desmontando los límites que imponen las palabras, acabando con las ideas claras, elevando al teatro más allá de una simple representación de la literatura. Por su labor de oscurecimiento, para Artaud el teatro es anárquico en la medida en que cuestiona las relaciones entre significado y significante. Nos pone el mundo de cabeza para arrebatarnos del letargo que nos somete a una vida de autómatas.
Así, la poesía del teatro auténtico es, en palabras de Artaud, metafísica: el lenguaje teatral no es una terapia ni un análisis psicológico, sino un estremecimiento en todos los niveles de la conciencia que tiene lugar cuando se introduce algo nuevo, trastocando los sentidos comunes. El objeto es, por tanto, devolverle al teatro su naturaleza mística y religiosa, apelando a ideas de orden cósmico, ilimitadas.
El teatro alquímico
Para continuar exponiendo su teoría, Artaud recurre a una tercera analogía que, en mi opinión, es la más esclarecedora: el teatro como alquimia. "Pues tanto la alquimia como el teatro son artes visuales, por así decirlo, que no llevan en sí mismas ni sus fines ni su realidad" (Artaud, 1978, p.55). La esencia del teatro es ser un Doble (en mayúscula, como lo escribe Artaud), un espejo de la realidad, que no es aquella en la que nos perdemos diariamente, sino la que reposa latente en el inconsciente: la realidad arquetípica y simbólica, "donde los principios, como los delfines, una vez que mostraron la cabeza se apresuran a hundirse otra vez en las aguas oscuras" (p.55).
La similitud con la alquimia se produce cuando esta realidad arquetípica se exterioriza materialmente en la escena del teatro: así como en la alquimia hay un proceso de purificación y destilación de la sustancia para transformarla en oro, así el espíritu se purifica en presencia de las oscuras quimeras que se revelan en la puesta en escena.
Se trata, pues, de una sacudida del alma que tiene su origen en la más pura necesidad de todo cuanto realmente vale la pena en razón de algo muy superior al simple entretenimiento o incluso el entendimiento.
El teatro de la crueldad
Estas tres imágenes del teatro como peste, pintura y alquimia le servirán a Artaud para desarrollar su teoría del arte dramático: el teatro de la crueldad. En ella ve realizadas todas las características del “auténtico teatro”, como aquel que se ha desarrollado en Oriente, particularmente en la escena balinesa, a diferencia del teatro occidental que, según nuestro autor, es responsable de todo tipo de distorsiones por su apego al realismo excesivo.

Reivindicando el derecho de dinamitar los significados convencionales, Artaud esclarece que su uso de la palabra crueldad no arrastra el sentido común de sadismo o martirio, sino que alude más bien a un impulso vital abrasador que lleva toda acción a sus últimas consecuencias: “Empleo la palabra crueldad en el sentido de apetito de vida, de rigor cósmico y de necesidad implacable, en el sentido gnóstico de torbellino de vida que devora las tinieblas” (Artaud, 1978, p.117).
De este modo, se trata de un desgarramiento en el que se hiperboliza el amor, la guerra, el crimen y la locura de una manera tal que adquieren una realidad ontológica propia similar a la de un sueño, pero muy superior a la de una mera copia de la realidad. No hay nada moderado ni modesto, nada sugerente ni tímido, nada prudente ni decoroso en el teatro de la crueldad.
Bajo esta teoría, el teatro se convierte en la respuesta al llamado de esa necesidad radical de aquella energía creadora pura, que implica, además, la superación del principio de individuación, es decir, la entrega de cada persona a una unidad esencial: el éxtasis u olvido del Yo. Por ello, el teatro de la crueldad se trata de un estado extático de las masas frente al exceso. El estremecimiento no se produce en tal o cual individuo, sino en toda la audiencia que participa de una especie de comunión.
Parece evidente la convergencia entre el teatro de la crueldad de Artaud con el arte de lo monstruoso del que nos hablaba Critchley. Ahora, si bien resulta interesante su teoría teatral, temo que, en medio de su empeño por recuperar aquello que resulta propio del teatro, a saber, la puesta en escena, supedita la literatura y el entramado de la trama al espectáculo, exactamente lo contrario a lo que hace Aristóteles.
En mi opinión, el texto, al igual que la puesta en escena, importa. Una pieza teatral que busca explorar la psicología de los personajes no es menos valiosa que una obra en la que actores balineses, en una especie de embriaguez espiritual, realizan una danza ritualística con miras a tocar el cosmos. Sin embargo, más allá de las posturas que puedan suscitarse a raíz de las ideas de Artaud, lo importante de hacer este ejercicio es dar luces acerca de la significación del teatro como una experiencia trascendental en nuestras vidas que no se encuentra supeditada al mero entretenimiento.
Referencias bibliográficas
-Aristóteles. (2016). Poética (2ª ed. J. D. García Bacca, Trad.). Programa Editorial de la Coordinación de Humanidades Universidad Nacional Autónoma de México. https://bit.ly/3sELH5Z (Documento original publicado 335 A.C.)
-Artaud, A. (1978). El teatro y su doble. (E. Alonso y F. Abelenda, Trad.). Barcelona: Edhasa. (Obra original publicada en 1938).
-Critchley, S. (2019). Tragedy, the Greeks, and Us. New York: Pantheon Books.
Sita De Abreu (1998)

Licenciada en Estudios Liberales en la Universidad Metropolitana (UNIMET).
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