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Cuarteto de poéticas de la atención

Por: M. M. J. Miguel


Cyberpunk Workpieces - Por Gharliera
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I


Cartas a un joven poeta es, quizás, el recorrido del silencio. Apartándose del bullicio y animando a la templanza, Rilke propone una poética de la asimilación del interior humano, una mirada hacia los fenómenos emocionales, de la cual el quehacer literario se alimenta, crece y colorea en cada externalidad con la que el poeta interactúa.


Más parecida a una búsqueda sin meta, se cultiva el sosiego y se ralentiza el punto de mira a la espera de la verdadera realidad del objeto observado, del estado poético, que solo se revela en específicas formas de acercamiento, en específicas maneras de comprobar —y experimentar— el abordaje del tiempo.


Según la propuesta de Rilke, el ánimo del poeta debe permitirse hacer un aparte; se pausa, se asienta como gravilla en un estanque. Las revelaciones nada tienen que ver con el dinamismo del mundo exterior, sino con el ritmo —la musicalidad— que maneja el mundo interior del poeta; de nuevo: escuchar y atender desde adentro es abrazar la posibilidad imaginaria de los objetos.


“Trate de expresar como un primer hombre lo que ve y experimenta”, dice Rilke en la primera carta. Quien escribe está a merced de los estímulos del propio sendero de vida, de su propio entorno y su propio contexto; está atado inherentemente a su pasado, a su presente y a su futuro. ¿No es entonces válido afirmar que hay un proceso de tensiones y resoluciones cíclicas en el acto creador? El poeta debería estar dispuesto a escuchar, y así atravesará el velo de su presente para reavivar el brillo del impacto del primer relámpago; capturará su luz en la noche y compondrá de aquello su propia mitología. No explicará ni dará sentido a lo que ha visto: se hará parte de él.


Nada fácil, eso sí, cuando se persigue la grandeza de las cosas desde su misma grandeza y no desde su raíz infrahumana, desde la inquietud evocativa. Fuera de eso, la materia poética solo es materia bulliciosa, una bandada que espanta hasta perderse a lo lejos.



II


Puede haber, si acaso, un consenso sobre el cultivo de la soledad respecto al oficio creador. No se trata nada más de apartar la compañía, de aislarse de manera ermitaña y desatenderse del alrededor; lo contrario, la soledad poética consiste —si la establecemos como un método— en la capacidad de abstraerse de las convenciones del mundo interpretado. Si se observa la contemporaneidad como un amasijo de estímulos sin intermitencias, sin espacio, sin viñetas de por medio, pues, quien intente captar su esencia poética se verá en una habitación a tope, tironeado constantemente por la atención que reclama el mundo; es decir, estará acompañado, negado de sí mismo, de su interior, de su soledad.


“Solo en soledad alcanzamos a vislumbrar la parte de nosotros que es intransferible, y acaso esta sea la única que paradójicamente merece comunicarse a los otros”, dice Eugenio Montejo en el Taller blanco. La palabra escrita debería ser entonces una prolongación de esta soledad, de lo concebido en estos silencios. Para el escritor, llegar a estas cúspides requiere volver sobre sus pasos continuamente; es la apreciación de su oficio, resultante de la persistencia, de la repetición, del entrenamiento del músculo observador; apropiarse del oficio es convivir con él y desde él, no de él. Se vuelve un cazador de imágenes, afila la mirada y detiene al mundo interpretado a la voluntad de sus pulsiones, en la medida en que lo dota de mitología.


A su vez, los espacios tienen sus propias poéticas, sus modos de ser representados. Cada palmo de cotidianidad tiene el potencial de ser verso, pues es inherente de los espacios concebirse como algo más que ciudad, sendero o calle. París, en el caso de Rilke; la panadería familiar, en el caso de Eugenio Montejo. Ambas comparten el ser un imaginario poético de quienes las habitan, elevándose al punto de ser material para el lenguaje estético.


“La atención responsable a la hechura de las cosas, la fraternidad que contagiaba un destino común, en fin, la búsqueda de una sabiduría cordial que no nos induzca a mentirnos demasiado”, comenta Montejo sobre su taller, casi dialogando con el espejo novelesco de Rilke/Malte en sus cuadernos: “He sucumbido a estas tentaciones y eso se ha traducido en una serie de cambios, si no en mi carácter, sí en mi visión del mundo, y en cualquier caso en mi vida. Bajo estas influencias se ha desarrollado en mí una concepción completamente distinta de las cosas, y existen ciertas diferencias que me separan de los hombres más que todas las experiencias vividas hasta la fecha. Un mundo transformado”.



III


“Y entonces, la palabra, la obra, se erigen para desaprenderse de sí mismas. Y el arte que se levanta desde la herida esencial es la posibilidad de una trasgresión: la de sí mismo, la del artista, la de la relación con el mundo”


—Hanni Ossott


Regresar a la Naturaleza, recomienda encarecidamente Rilke a Kappus, en la ausencia de respuestas que se obtiene del perseguir la imagen, y desde esta línea, desde este proceso de desprendimiento, el poeta intentará comprender. ¿Comprender qué? Sus propias limitaciones, como si escribir, como si concebir una obra de arte fuese un constante «darse cuenta», la germinación de una genialidad inédita, pues solo en lo inédito puede fulgurar el verdadero imaginario del hombre, enaltecer el punto de enunciación que conjuga su memoria, su infancia, su soledad y lo inalterable que esta contiene.

Regresar a la Naturaleza es regresar a la Fuente.


El escritor es el medio desde donde se refractan los fenómenos; su habilidad, su inquietud, es diluir los referentes inmediatos a través de su imaginación, a través de un diálogo atemporal, —¿un diálogo que sirva a la materia mitológica?— del oficio de mirar, del oficio de atender. A su vez, refracta las ideas de su entorno, tal como un prisma, y acerca estas imágenes a la distorsión que solo puede proveer el dominio del lenguaje estético, a través del sistema lingüístico de turno, a través de servirlas en el material objetivado y literario.


“Piense, querido señor, en el mundo que usted lleva adentros, y llame este pensar como quiera, ya sea recuerdo de la infancia propia o anhelo de lo futuro; pero esté atento a lo que en usted se eleva, y sitúelo sobre todo lo que observa en torno suyo”, escribe Rilke. Alude de nuevo a un estado que no llega por sí solo, pero al que sí es posible acceder solo con la abstracción, con el acto de desprenderse de los condicionamientos del mundo interpretado; llama al poeta no solo a penetrar los fenómenos que observa con una nueva mirada, sino que lo invita a penetrarse a sí mismo, a pulir, a retirarse hacia el fondo del estanque, al intersticio que hay entre el significado y el significante, a esa bisagra que está libre de los aleteos de la realidad operatoria; llama a estimular la reflexión sobre los puntos originarios del pensamiento propio: detenerse, atender, observar, y luego, mitologizar.


Atender a los objetos desde el desarraigo es olvidarse de ellos; escribir es un constante ir olvidando; es la apertura a la novedad dentro de lo cotidiano.



IV


El mundo interpretado no es símbolo propiamente. Se transforma en símbolo en la medida de la disposición, del nivel de apropiación imaginaria del poeta. Los símbolos, en dado caso, se trasmutan a través de la experiencia, pues estos resisten muchas miradas a través del tiempo. Hay, entonces, desde la concepción de la ciudad/símbolo o el objeto/símbolo un componente que resiste a la erosión del tiempo a través del diálogo que se da entre ellos. Las obras de arte dialogan entre ellas para perdurar; esta conversación, aparentemente imperceptible al ojo del dinamismo, las inmortaliza, o al menos, las estiliza para el anhelo del futuro.


“Por el estar en contacto surge como posible la expresión. El trabajo del poeta, su ejercicio y su práctica consisten en una iniciación permanente. Por la iniciación alcanzamos otro ámbito. Nos preparamos. El poeta se inicia para entrar en contacto y así se prepara”, dice Hanni Ossott en “Poesía, atención y revelación”.


Si bien estos símbolos son autónomos según la mirada y el grado de atención, no puede olvidarse que el fenómeno poético es un pozo de sensorialidades. No es solo atender, sino escuchar la sonoridad del verdadero nombre de las cosas; la búsqueda desde un estado anímico particular. Las búsquedas también se diferencian en ánimo, en ojos, humores y en disposiciones.


Se escucha al material poético desde los resabios que surgen —simultáneamente— entre el mundo interpretado y el poeta, que también es fenómeno, al ser partícipe de estos diálogos. Es parte de ellos a su ritmo, o mejor dicho, luego de haber encontrado su ritmo, que en consecuencia resonará, vibrará, oscilará en armonía con la Naturaleza, con su propia capacidad de abstracción y reflexión en torno a lo que siente y le compete como oficiante de estas imágenes.


Bibliografía:

  • Montejo, Eugenio. El taller blanco. Universidad Autónoma Metropolitana

  • Ossott, Hanni. Imágenes, voces y visiones. Academia Nacional de la historia

  • Ossott, Hanni. Memoria en ausencia de imagen, memoria en ausencia del cuerpo. Fundarte

  • Rilke, Rainer María. Cartas a un joven poeta, traducción y notas Luis di Iorio y Guillermo Thiele. Fundación editorial El perro y la rana

  • Rilke, Rainer María. Die Aufzeichnungen des Malte Laurids Brigge, traducción Juan de Sola Llovet. Editor digital Titivillus

 


José Miguel Mota Mendoza


Estudiante de Letras en la Universidad Central de Venezuela (UCAB).





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