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En el borde del abismo: ¿Fe o Razón?

Por: Luis José Natera Tibari


Philippe de Champaigne (1650) San Agustín

Para la mente humana siempre han existido misterios, interrogantes sin solución o circunstancias que habitan más allá de su conocimiento. Lo que hace que busque un por qué para todo aquello que este, según su juicio, oculto al entendimiento. Es la propia curiosidad del hombre lo que forja por instantes un sentimiento irreverente o disruptivo, generando así un deseo natural de ir contra la corriente, y pone sobre la mesa la duda en relación a lo tradicional. Todo esto en pro de una verdad, para el momento esquiva, lo cual, en muchos de los casos ha sido beneficioso para la evolución de la humanidad. Ahora bien ¿Qué le da reparo a esos por qué, cómo se obtienen esas contestaciones aceptables a los grandes enigmas? sin lugar a vacilación son la fe y la razón, las cuales han proporcionado las respuestas requeridas por las preguntas que deambulan en la psique del hombre.


Tanto la fe como la razón son protagonistas de una atrayente relación amor-odio, generando así uno los debates más interesantes y enriquecedores que conoce la civilización desde tiempos inmemorables. Por intervalos determinados de tiempo ambas se han turnado la batuta de quien tiene la supremacía, evidencia de la necesidad eterna del humano por buscar la explicación de lo que está fuera de su comprensión: a través de mitos o creencias sobrenaturales; y en otras tantas, pausando la fe, para entender –según la razón— que esta no posee justificación lógica en su argumentación. Argumento que abre un espacio tan solo a lo comprobable por medio de métodos científicos, una travesía laberíntica en la exploración del saber.


La relación intangible e ineludible entre la fe y la razón ha sido abordada por innumerables estudiosos, siendo San Agustín de Hipona uno de los filósofos que en la edad media desarrolló un pensamiento que marcaría una nueva manera de definirlas. Para este sabio, la fe y la razón son dos caminos que nos llevan a un mismo punto de destino. Según él, este camino pasa directamente por el interior del ser humano, su propia alma. Señala que “la fe consiste en creer lo que no vemos, y la recompensa es ver lo que creemos”, puesto que, según el filósofo, nosotros estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, guardamos esa fracción de divinidad que llamamos alma; entonces, en nuestro interior, encontraremos el fundamento del saber, del conocimiento y la verdad (un pensamiento con esencia Platónica). Cabe destacar que para San Agustín de Hipona al surgir alguna incompatibilidad entre la fe y la razón, sería a causa de un mal razonamiento, debido que, la fe y la razón deben coincidir, pero en caso contrario, se entenderá que hubo un razonamiento erróneo; por lo tanto, se debe seguir asumiendo lo que ha estatuido la fe como verdad. De esta forma el pensamiento filosófico se convierte en un pensamiento inferior, es decir, que quedaría la filosofía como sierva de la teología.


Cabe destacar que para San Agustín de Hipona al surgir alguna incompatibilidad entre la fe y la razón, sería a causa de un mal razonamiento, debido que, la fe y la razón deben coincidir, pero en caso contrario, se entenderá que hubo un razonamiento erróneo; por lo tanto, se debe seguir asumiendo lo que ha estatuido la fe como verdad.

Debemos hablar de otro filósofo medieval que tuvo como interés notable en el estudio de la relación entre la fe y la razón, siendo éste Santo Tomas de Aquino, quien marcó claramente los límites de la filosofía y la teología al considerar que estas eran dos ciencias distintas, dos formas a partir de las cuales alcanzar el saber. Por un lado, la teología se funda en la revelación divina, mientras que la filosofía lo hace en el ejercicio de la razón humana.


Al mismo tiempo, demostró la íntima relación que existe entre la fe y la razón, lo natural con lo sobrenatural, llevando a cabo una síntesis entre ambas que no se había logrado hasta la fecha; concedió a la razón su propia autonomía en todas aquellas cosas que no se deben a la revelación; y para explicar la autonomía de la razón tuvo que recurrir a la filosofía Aristotélica como instrumento adecuado para ello. Desde esta postura, Santo Tomas de Aquino afrontará antiguos cuestionamientos, entendiendo, por ejemplo, a Dios como “primer motor del mundo eterno”, el alma como mera forma del cuerpo y la preexistencia de las esencias.


Cuando comenzó la crisis de la escolástica, germinaron en el mundo filosófico medieval diferentes opciones de cómo interpretar la relación de la fe y la razón, habiendo diversas categorías según la perspectiva que se tenía. Uno de ellos el racionalismo, el cual sostiene que la verdad debería ser determinada por la razón y los análisis de los hechos, más que en la pura fe. Es de acotar que el racionalismo no se pronuncia con respecto a la existencia de Dios o a la validación de la religión, pero sí rechaza cualquier creencia basada solamente en la fe. Así mismo encontramos el fideísmo, que no descansa en pruebas lógicas o en la evidencia, sino en la autoridad de Dios, alcanzando la verdad solamente a través de la fe. Esta doctrina filosófica es profesada por algunas religiones cristianas (a excepción del catolicismo) y enfocada casi con exclusividad para tratar temas teológicos.


Al llegar tiempos modernos, notamos el uso del término irracionalismo, a fin de designar una corriente filosófica que privilegia el ejercicio de la voluntad y la individualidad por encima de la comprensión racional del mundo. A favor de quienes se consideran irracionalistas, Miguel de Unamuno señaló alguna vez la siguiente frase: “Creo en Dios, porque creo a Dios”, lo cual causaría una reacción sugestiva para los racionalistas, debido que su convicción está puesta únicamente en las cosas racionales, pues creen en la existencia del sol porque experimentan el sol durante el día, saben que existe el oxígeno porque respiran de forma involuntaria, afirman que existen los planetas porque lo pueden verificar a través de un telescopio, dejando de lado lo que aun para su lógica carece de argumentación comprobable. No obstante, un irracionalista pudiera refutar dichas aseveraciones aceptando que sus creencias son improbables pero llevando a la mesa de la incertidumbre al racionalista al cuestionar la probabilidad de que verdaderamente éste se encuentre viviendo una realidad cierta y no una distorsión de la misma a causa de los sentidos, sea esta por una hipótesis como el Solipsismo (todo es invención de la mente), o el Simulismo (todo es una simulación).


Al rescatar la frase de Miguel de Unamuno “Creo en Dios, porque creo a Dios”, podemos advertir que no es una afirmación muy descabellada, después de todo creemos en el arte porque creamos arte. Crear un Dios y aferrarse a ello es una forma de salvarnos nosotros mismos del vástago de la desesperanza, es totalmente irracional pero a su vez es un ejercicio humano que simuladamente se ha practicado desde el principio de los tiempos.


Un irracionalista pudiera refutar dichas aseveraciones aceptando que sus creencias son improbables pero llevando a la mesa de la incertidumbre al racionalista al cuestionar la probabilidad de que verdaderamente éste se encuentre viviendo una realidad cierta y no una distorsión de la misma a causa de los sentidos, sea esta por una hipótesis como el Solipsismo

Por ende, pudiéramos considerar que la fe no es una creencia estática, divorciada de la razón y la experiencia, y no es ilegítima como fuente de conocimiento; por el contrario, la creencia por fe parte de las cosas que pueden ser reconocidas por la experiencia, y se extiende a cosas que son verdad, aunque ellas ni puedan ser comprendidas. Por lo tanto es válido en la medida en que responda a paradojas que el pensamiento racional se encuentra incapaz de desarrollar. Como tales, las creencias sostenidas por esta forma de fe se ven dinámicas y cambiantes, es decir, que si existiera alguna evidencia comprobada por parte de la ciencia a través de algún método que optimice o defina de manera lógica para el entendimiento del hombre algunas circunstancias --eventos o hechos naturales-- esta pudiera dar un paso al costado, dándole el espacio necesario para que esta nueva verdad tome su lugar.


Y así, luego de transitar los variopintos escenarios de la historia del pensamiento, donde grandes filósofos han discutido las coincidencias como las divergencias que yacen en esa relación entre la fe y la razón, se pudiese afirmar que estás se encuentran unidas hoy y siempre por un hilo invisible. Aún esquivo al entendimiento de aquellos que habitan los extremos de las corrientes, poseedores de una “miopía mental”, la cual, los deja cegados, al no permitirle la oportunidad de observar que son realmente necesarias una y la otra. En tal sentido, en la actualidad la fe y la razón juegan sus roles de manera extraordinaria, danzan entre los telares del conocimiento y la verdad, conservándose unidas más allá de las discrepancias de quienes creemos definirlas; estas dos inseparables compañeras suministran los parámetros que fundamentan muchas de las normas éticas y de valores que edifican nuestra sociedad.


La fe y la razón, de forma insospechada y sin reproche alguno para aquel que no considera viable su alianza sigilosa, le obsequia al hombre un cordón que le recuerda lo grandioso que es caminar por las sendas de la tierra, y a su vez, le da un canal directo a lo supremo, para que así nunca deje de soñar con la eternidad pero con la certeza de la realidad, o como lo dijera, de manera más sublime San Juan Pablo II, “la fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”.


 

Luis José Natera Tibari


Maestrando en Filosofía - UCAB Guayana

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