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En el péndulo de lo Efímero

Actualizado: 29 jul 2022

Por: Luis José Natera Tibari



La alegría de vivir por Douglas Girard


«La felicidad no es un ideal de la razón, sino de la imaginación».

Immanuel Kant



Una cálida y discreta luz se cuela por la ventana de una habitación, como huésped inesperado acaricia el rostro desolado de un hombre que se debate entre el espacio que se diluye entre sus dedos y lo que ha hecho para evitarlo, creando en su mente una zona de guerra, donde sueños inconclusos acusan a la voluntad por haberles matado antes de tiempo. Escapa de las trincheras del remordimiento una lágrima, que rasga de forma invisible aquella piel consumida por los avatares de los días; mientras, el turbio presente trae para sí una pregunta ensordecedora, que solo toca la puerta de aquel que está en el preludio del fin: ¿logré ser feliz?

La felicidad es la quimera más anhelada por la humanidad, es el santo grial de la modernidad, de aquellos que sienten que se puede conseguir la satisfacción eterna sin importar que estén lanzados a un mundo de dolores, como muy bien lo decía Séneca en su De vita beata: «todos los hombres, hermano Galión, quieren vivir felizmente»; por esta razón, se debe entender que aspirar a ser feliz es una condición humana, una necesidad, un deber personal. Pero lamentablemente, no nos damos cuenta del péndulo que es la vida, yendo de un extremo al otro sin detenerse, pasando del júbilo a la desdicha, de la esperanza a la desilusión en un suspiro; pues, no existe un brebaje mágico que traiga el bienestar ni una oración a los dioses que nos cubra de ipso facto con la dicha, debido a que, para ser felices, no hay requisitos objetivos. Por tanto, dos personas no tienen por qué ser bienaventuradas por la misma razón, condición y circunstancia. Cada individuo posee un concepto preestablecido de felicidad, todo a juzgar por su creencia, deseos o tradiciones. Podemos ahondar en algunos criterios que ayudan a hacer la carga más llevadera, hasta alcanzar aquello que enseñaba Gautama Buddha al decir «no hay camino a la felicidad, porque la felicidad es el camino».


Según Sócrates «el secreto de la felicidad no se encuentra en la búsqueda de más, sino en el desarrollo de la capacidad para disfrutar de menos», para el filósofo griego la felicidad reposa en aprender a degustar los placeres más simples, aquellos que la rutina diaria nos esconde. Lo maravilloso de un atardecer, del vuelo de un colibrí o del aroma del rocío, yace en lo sutil de su presencia, haciendo de un breve instante una remembranza imponderable; ya que, dentro de los imponderables habitan los deseos de nuestra alma, aquellos a los cuales debemos ser fieles, o como diría Aristóteles «la felicidad depende de nosotros mismos».


Cada individuo posee un concepto preestablecido de felicidad, todo a juzgar por su creencia, deseos o tradiciones.

Con lo anterior afirmado se elimina, cual soplo, la creencia de que somos un mero accidente caprichoso del destino, al ser artífices de nuestra realización, y con ella, la antorcha de las virtudes aristotélicas, las cuales serían el punto medio entre los excesos y las carencias, en el encauce de los deseos hacia la felicidad. Es allí, donde ésta se considera como lo mejor, lo más bello y lo más deleitoso, haciéndonos capaces de aplicar con coherencia las acciones proyectadas al bien mayor.


Ahora bien, podríamos preguntarnos ¿y si no es así? ¿Si todo lo anterior es una utopía poética? ¿Si la tragedia griega es más que un cántico antiguo? Siendo nosotros tan solo los habitantes del peor de los mundos posibles, donde todos estamos rotos por alguna razón, desdichados, con máscaras oxidadas, listas para las representaciones anacrónicas de personajes inventados, queriendo desbandarse de realidades con diversos colores o escribiendo en la orilla del mar nuevas interrogantes, que serán abatidas por las incesantes olas, puesto que, para algunos el mundo solo se divide entre los que confiesan su dolor y los que no.


En medio del desasosiego, que agita las manos de aquel que no sabe qué hacer, los estoicos nos recuerdan que se debe vivir conforme a la naturaleza y que la felicidad se alcanza llevando «una vida digna de ser vivida», y para ello, había que tener claro lo que depende de uno, lo que no depende de uno y aceptar esto último sin más: «con indiferencia», por usar sus propias palabras.

Los seguidores de esa escuela tenían muy claro que la vida no es un lecho de rosas, eran plenamente conscientes de la vulnerabilidad de las personas, y defendían que no había que angustiarse por escenarios que escapan a nuestra voluntad, como por ejemplo ante la muerte, dado que la misma es inevitable.


Queda claro que todo dependerá de la decisión tomada por el individuo, porque como decía Carl Jung «yo no soy lo que me sucedió. Yo soy lo que elegí ser». Es encontrado, en esa forma de «apatía» con relación a aquello que no está en nuestras manos, como una manera válida de liberar el cuerpo y el espíritu de aquel castigo intangible autoinfligido que se genera al no aceptar lo que no se puede cambiar, un evento inalterable. Según Pico della Mirandola, escoger cómo vivir ofrece al ser humano una relevante retribución de dignidad, y por lo tanto, de felicidad, a diferencia de los animales, que siguen irremediablemente el instinto. Asimismo, los humanos pueden decidir qué hacer con su vida, si obrar bien o mal, lo que conlleva a tener presente que toda acción aunque traiga felicidad finita, tiene sus consecuencias, las cuales deben ser asumidas.


En el mismo orden de ideas, Friedrich Nietzsche expresaba que la felicidad es una especie de control que uno tiene sobre su entorno, éste cree que existe la llamada «voluntad de poder», una fuerza que nos da la vida, que nos ata a ella y que al mismo tiempo la convierte en atractiva, ya que es la que nos hace enfrentarnos a todas las adversidades. Cuando experimentamos que la fuerza aumenta en nosotros y nos sentimos con mucha vitalidad, cuando comprobamos que hemos superado aquello que nos oprimía, según el filósofo alemán, es cuando somos felices.


Experimentar la existencia en pleno, con diferentes matices, con sus males y sin sabores, del mismo modo, con la dulce miel que brota al hacer lo que amamos, rodeado de seres increíbles, paisajes alucinantes y enriquecedores silencios

En particular, si me preguntasen «¿eres feliz?» respondería sin titubear «no del todo», porque no hay felicidad absoluta, en la medida en que siempre habrá una nueva meta que trazar, un nuevo camino por recorrer; teniendo en cuenta que somos seres en constante descubrimiento, por consiguiente, el concepto de felicidad irá cambiando como cambia el agua de un río. Pero, al mismo tiempo, me siento afortunado, por experimentar la existencia en pleno, con diferentes matices, con sus males y sin sabores, del mismo modo, con la dulce miel que brota al hacer lo que amamos, rodeado de seres increíbles, paisajes alucinantes y enriquecedores silencios; sin duda alguna, la felicidad siempre tocará a tu picaporte, será un huésped fugaz, y por eso hay que degustar cada uno de sus platillos, porque al final solo quedará el recuerdo de lo vivido. Pues, «tenemos que vivir, no importa cuántos cielos hayan caído», en el decir de D. H. Lawrence.


 

Luis José Natera Tibari


Maestrando en Filosofía - UCAB Guayana

3 Comments


Marianela Larreal
Marianela Larreal
Jul 24, 2022

Se experimenta felicidad al leerte Gracias ❤️por compartirlo

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Siempre será un placer leerte mi querido amigo.

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riccirodriguez89
Jul 23, 2022

Impecable como siempre …!

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