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En el umbral de la soledad

Por: Luis José Natera Tibari





El sonido más ensordecedor es aquel que nace del silencio, de ese silencio que solo permite que el latido de tu corazón sea el que ocupe tus oídos. Como aquel hombre que vaga en los sombríos pasillos de una casa habitada por la nada y el vacío, sin luz, sin ecos, solo el resplandor de algún destello fantasmal creado por una centella que ha logrado colarse, un hombre que al arribar a su lecho encuentra entre las tinieblas a alguien sentado en el viejo sillón a espaldas de él, teniendo visible tan solo su rancia mano derecha, marcada por los años y que le invita a acercarse, quedando inmóvil, pero a su vez, con ese impulso involuntario que escapa de la razón, iniciando así, su breve pero palpitante andar hacia el desconocido, sintiendo cómo el frío le cobija a cada paso, hasta que, al quedar frente a ese ser arañado por el tiempo, capaz de congelar su mirada, se sumerge en la profundidad de sus ojos, hallando el abismo que yacía en él, un hombre que solo refleja lo que ha ocultado para sí mismo, aquello que ha omitido al querer escapar de la soledad.


La mente humana se ha convertido en uno de los laberintos más solitarios y lúgubres en el cual puede transitar un individuo, siendo un espacio abrumado por un ruidoso silencio, una tempestad de pensamientos, y donde, su protagonista muchas veces se encuentra entre la bruma de las opiniones de terceros, quedando no más ese instinto de agitar sus manos en búsqueda de aquella compañía que le guíe a la salida anhelada, pero que, por azares de lo inexplorado aún no toca el picaporte de nuestro Ser taciturno, pues, alojarse en un laberinto no es una cuestión de fuerza ni resistencia, sino de voluntad.


Siendo para la minoría de quienes no caminan de forma inerte las sendas de los días, un acto de gran atrevimiento apetecer el desprendimiento de lo que se es, e ir por lo que puede llegar a ser, puesto que, es más fácil el sacudir las “alas” en sentido a la multitud famélica de sueños, que correr hacia la montaña del descubrimiento. Ya lo decía Friedrich Nietzsche en su libro Así habló Zaratustra que “he encontrado más peligro entre los hombres que entre los animales, peligrosos son los caminos que recorre Zaratustra. ¡Que mis animales me guíen!”, dejando claro que el peor consejero —muchas veces— para el hombre ha sido él hombre mismo, es decir, que el ruido de quienes vociferan conjugaciones verbales estériles, con la sola finalidad de sentirse jueces entre los condenados, conlleva a un cometido siniestro, como es el asesinar las ideas, sin pudor alguno, como inquisidores del pensamiento, vestidos de puritanas intenciones y mazos carmesí, siendo en verdad, un tumulto de incapaces que no logran pensar por sí mismos. Pero, ¿por qué esto? Una interrogante incómoda para oídos rutinarios, debido a que, el ser humano dentro de su fatigosa vida, llena de condiciones, creencias y dogmas, se encuentra enjaulado, con una posibilidad indivisible de escapatoria para los que aún temen al retiro, quedando reducido solo al poder de la voluntad, una voluntad que vaya deshaciendo los hilos invisibles de una moral social ajustada a los beneficios del carcelero e ir, irremediablemente, a los brazos de la incomprendida soledad; pues el mismo Nietzsche nos recuerda que “la valía de un hombre se mide por la cuantía de soledad que le es posible soportar”.


Por tal motivo, la exploración introspectiva o el autodescubrimiento requieren de forma casi inevitable un periodo de soledad por parte del individuo en el que sus valores, convicciones y educación se puedan digerir, evaluar y transformar adecuadamente; en otras palabras, la tesis preliminar es que el hecho de estar apartado le otorga al individuo el suficiente espacio y tiempo como para reflexionar mediante la claridad mental y la sobriedad emocional, de la cual carecía en el núcleo social. Así pues, se presenta a todas luces la consideración de que la soledad no es un paraíso árido, tormentoso y tentador, sino como un estado de felicidad y tranquilidad en armonía con la naturaleza; además, aunque la desesperanza invada nuestra mente, tengamos presente a Miguel de Unamuno, cuando decía “jamás desesperes aun estando en las sombrías aflicciones, pues de las nubes negras cae agua limpia y fecundante”.


Al mismo tiempo, hay ciertos genios que aunque se encontraran físicamente aislados no califican su soledad como algo perjudicial, sino como la mejor de las oportunidades para desarrollarse como individuos

Ahora bien, si es cierto que la psicología moderna demuestra que es sumamente importante tener un círculo social placentero para alcanzar el bienestar, también es conveniente que te cuestiones en qué aspectos me es favorable la soledad. Albert Camus dijo en una de sus frecuentes epifanías de soledad que “en lo más profundo del invierno sentí que había en mí un verano invencible”, entonces, ese sería el secreto para un novelista, filósofo y dramaturgo aparentemente destinado a buscar consuelo de su vacío interno, y que, con la escritura lograse describir el optimismo de lo que se creía inexistente.


La soledad es la receta de una brillante locura que da rienda suelta a la imaginación, la innovación, la productividad, la intimidad y la espiritualidad pues su clarividencia puede ser un tanto incomprensible al principio, pero el valor que encierra el estar a solas con nuestra propia conciencia es imponderable, normalmente percibimos a la típica figura del genio incomprendido como un individuo sobresaliente en términos intelectuales pero deficiente en materia emocional, tal es así, que no son pocas las veces en que este estereotipo se cumple en importantes figuras de las humanidades y ciencias universales, pudiendo citar a Arthur Schopenhauer, Isaac Newton, Charles Darwin y Charles Dickens, quienes cosecharon desde la soledad dulces frutos, a pesar de que consideraran en algunas etapas instantes de sufrimiento. Al mismo tiempo, hay ciertos genios que aunque se encontraran físicamente aislados no califican su soledad como algo perjudicial, sino como la mejor de las oportunidades para desarrollarse como individuos, ya que comprenden que no se aíslan, más bien se comunican de forma distinta, leen, escuchan, debaten, meditan, reflexionan, crean y sueñan. Existiendo un repertorio de pensadores que han tejido una red de conocimiento tan extensa que se hace incomprensible para los demás, principalmente para aquellos que están ajenos al arte de la introspección, y no es el simple hecho de que la soledad tenga el poder de hacerte ingenioso, proactivo, eficaz, consciente, sabio, fuerte, es que, cuando se sabe valorar la nobleza que la soledad encubre se condiciona a complacerse de ella, al punto que la compañía se demanda mucho menos. Friedrich Nietzsche se manifestó con contundencia al decir “mi soledad no está determinada por la presencia o la ausencia de gente, todo lo contrario, odio a aquellos que fagocitan mi soledad si lo hacen que se aseguren por lo menos que su compañía merezca la pena”.


Luego de esto, lo podemos ver más claro, pues, que estar solo no es lo mismo que sentirse solo, uno puede sentirse solo incluso al estar rodeado de personas, el enunciado “mi soledad no ésta determinada por la presencia o la ausencia de gente” lo describe a la perfección, uno no tiene por qué sentir soledad estando solo ni sentir compañía al estar acompañado, la soledad se manifiesta cuando la calidad de nuestras relaciones sociales no es lo suficientemente reconfortante, de esta manera rechazar el acompañamiento nos conducirá a otro tipo de conexión totalmente distinta, sería un vínculo sosegado, místico y placentero que se basa en la meditación, en la abstracción, el cataclismo metafísico, el considerar que esa sensación de que no eres nada y que no le importas a nadie desaparece, ya que al fijar un propósito comienzas a diseñar un plan para materializarlo, tomas acciones reiteradas, disfrutas del camino, valoras el mundo, tus sentimientos de participación, de utilidad y pertenencia quedan completamente restaurados, la trascendencia introspectiva cobra forma, puesto que, el deseo de estar con otros ha sido eclipsado por otro deseo de mayor fuerza, logras avanzar con pasos firmes hacia tu potencial humano, o como diría Arthur Schopenhauer “la soledad es la suerte de todos los espíritus excelentes”


La soledad es la receta de una brillante locura que da rienda suelta a la imaginación, la innovación, la productividad, la intimidad y la espiritualidad

Ciertamente, el confinamiento nos pone una suave pero letal venda en los ojos, debido a que disfraza lo bueno de malo, lo abstracto de concreto, lo conveniente de escabroso; haciendo que la incertidumbre sea más común de lo deseado, pero, a su vez, nos obsequia una circunstancia idónea para descubrirnos y crecer internamente, pues lo que vivimos en la actualidad —a pesar de lo áspero que parece ser— es una ocasión dorada para enfrentarse con el todo y con el ser de cada cosa, no en vano nos lo recuerda Schopenhauer al decir que “mañana, como hoy, será otro día que también llega una sola vez. Olvidamos que cada día es parte insustituible de la vida”, conociendo esto, busca cada vez más el equilibrio aristotélico, encárgate de construir relaciones de calidad, pues estas son esenciales para maximizar la aptitud del período en soledad; entretanto haz un buen uso de la única joya con que vale la pena ser codicioso como es el tiempo, disfruta de ti, y recuerda que “la soledad es a veces la mejor compañía, y un corto retiro trae un dulce retorno" (John Milton).




Per aspera ad astra.


 

Luis José Natera Tibari


Maestrando en Filosofía - UCAB Guayana

3 comentarios


Interesante reflexión para mi acostumbrada soledad en compañía. Gracias

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arvelis Ramos
arvelis Ramos
29 sept 2023

La soledad entendida, es compañía. Caminar en ella definitivamente es encontrarte. Excelente artículo, mi estimado.

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riccirodriguez89
25 sept 2023

Sin desperdicio alguno! Atrapada entre tanta verdad… ☕️

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