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Esteticismo crítico de la pornografía

El registro del sexo ha pasado por los múltiples formatos de almacenamiento de la información, no siendo diferente en el caso de la cinematografía, que como arte, subsume el relato sexual bajo las mismas condiciones que hicieron posible su existencia y permanencia. Abordamos estos aspectos y asomamos otros muchos, para alumbrar de manera crítica un fenómeno que es a la vez oscuro e iluminado.


Por: Edson Cáceres Zambrano


La pornografía ¿es arte?

A primera vista plantear una esencia artística de la pornografía parece un sinsentido precipitado puesto que la esfera de la belleza en la que se considera inscrita el arte restringe cualquier expresión y contenido no bello: en la tradición que nos heredaron los griegos, belleza está ligada a bondad ‘kalos kai agathos’ o ‘kalokagathia’, la pornografía en origen es corruptora ‘porne’. Nunca Laocoonte y sus hijos de Agesandro de Rodas puede ser equiparado a un vídeo sexual en el que hay intrascendencia, inmediatez, fugacidad y un interés carnal secundario al goce estético del ejercicio per se de sus intérpretes.


Empero, el ejercicio pornográfico se sostiene sobre las mismas bases del arte; esto es, ambos productos obedecen a condiciones específicas de producción que tienen su origen en las transformaciones que ha sufrido la tradición artística, por un lado, cuyos resultados apuntan a las mismas características que inciden en la percepción y vida de los consumidores, por la coincidencia de ambas en los elementos de la publicidad, por el otro.


La pornografía choca de entrada con lo que en términos generales puede ser visto como un velo con propiedades cuasi míticas que envuelve al ámbito sexual, en torno al cual giran narrativas morales que no siempre coinciden con la realidad material del ejercicio sexual, i.e., con la realidad individual del sexo. Este velo lo podemos entender a través de la idea de virginidad, como también, correlativa a la primera, en la idea platónica del andrógino, aquella que impone que lo perfecto sexual se establece cuando se tiene y conserva permanentemente una pareja única en la unión indisoluble entre almas.


Juliet, de John William Waterhouse

Que el ejercicio artístico de la pornografía atente de entrada contra ésta dimensión del culto de la sexualidad o la sexualidad como culto, no debe medirse en una instancia moral, como degradación o corrupción de la hegemonía de valores morales que precisa ser combatida, sino en cómo la cinematografía recoge y transforma al mismo tiempo las acciones materiales y eficientes, en cómo de-vela una situación realmente existente haciendo de ésta una reelaboración que culmina en un producto artístico.


Performance y desnudo

El intérprete pornográfico representa un ejercicio sexual: sabe que su desempeño sexual va a ser visto en su carácter de representación; en él ocurre un desdoblamiento, actúa como si fuese observado, se autopercibe a sí mismo, apuntando a la suficiencia del desempeño sexual. Ya entendemos por qué en principio los intérpretes sexuales en su estereotipo eran hombres fornidos, resistentes, sementales, o mujeres voluptuosas, atractivas, inalcanzables, características todas que los hacían modélicos, prototípicos.


Las Oréades (1902), de William-Adolphe Bouguereau

La representación de la escena sexual intenta ser velada con escenas no sexuales, con los intérpretes interactuando en situaciones que desencadenan el sexo. Pero su pericia no se mide por dimensiones extra-sexuales: lo que interesa es la capacidad de contorsión y de cumplimiento de un objetivo que para alcanzarse exige un desempeño eficaz del intérprete.


La performatividad de los vídeos sexuales es análoga al desnudo como tema pictórico:


«Ser un desnudo equivale a ser visto en estado de desnudez por otros y, sin embargo, no reconocerse a uno mismo. Para que un cuerpo desnudo se convierta en “un desnudo” es preciso que se lo vea como objeto […]. Exhibirse desnudo es convertir en un disfraz la superficie de la piel y el cabello del propio cuerpo. El desnudo está condenado a no alcanzar nunca la desnudez. El desnudo es una forma de vestido» (Berger, 2016, p. 54).


La maja desnuda (1800), de Francisco Goya

La performatividad sexual de los intérpretes pornográficos queda así corroborada como un ámbito en donde la realidad se reconfigura, en donde el sustrato material es reelaborado cumpliendo las exigencias que impone el montaje (cámara, luz, sonido, puesta en escena, entre otros), coincidiendo con la clásica definición de arte que Benjamin (2003) recoge de Charles Batteux: «el arte es una propuesta de mejoramiento dirigida a la naturaleza: un imitarla cuyo interior escondido es un “mostrarle cómo”. El arte es, con otras palabras, una mímesis perfeccionada» (p. 116).


Lo anterior puede ser tomado como una blasfemia en relación con el ámbito sagrado del Arte, hipóstasis que proscribe manchar su esfera nimbada, tal como afirma Gombrich (1995): «no existe, realmente, el Arte […], pues el Arte con A mayúscula tiene por esencia que ser un fantasma y un ídolo» (p. 15). En concordancia con lo anterior, la reproductibilidad técnica permite hacer del arte un espacio en donde los valores de culto son cambiados por valores de exhibición, sustituyendo la contemplación espiritualizada de los productos artísticos por una percepción desencantada. Según Benjamin (2003): «El valor ritual prácticamente exige que la obra de arte sea mantenida en lo oculto» (p. 53), al apoyarse en el aura, que es «un entretejido muy especial de espacio y tiempo: aparecimiento único de una lejanía, por más cercana que pueda estar» (p. 47). El valor ritual sitúa a la obra de arte como una expresión con cariz trascendente, aurático, apartada de éste mundo. Contrariamente, el valor de exhibición exige la familiaridad con el objeto artístico, que puede ser poseído (a través de su reproductibilidad) por quienes lo deseen, posesión a través de un deseo de «acercarse las cosas» (p. 47), haciendo de la producción artística un ejercicio de exhibición: los productos del arte están hechos teniendo en cuenta su reproductibilidad, son constitutivamente reproducibles. La pornografía al ser deudora del cine participa como un género de la producción cinematográfica, hecha como es para exhibirse y ser consumida por una gran cantidad de espectadores.


Maja (1939), de Armando Reverón

Si se examinan las categorías en la pornografía vemos que la reproductibilidad se hace patente a través de los vídeos amateur, corroborando la afirmación de Benjamin (2003): «todo hombre de hoy tiene derecho a ser filmado» (p. 75), extendiéndola nosotros: no solamente tiene derecho a ser filmado sino a filmarse. La reproductibilidad técnica de la pornografía permite dos fenómenos que se retroalimentan y son contradictorios al mismo tiempo. Primero, al ampliarse el rango de posibilidad de que cada individuo pueda filmarse en un cariz pornográfico sin depender de intermediarios que controlan la industria fílmica, en su producción y difusión, la reproductibilidad se atomiza, disponiendo de un número inconmensurable de contenido que de alguna manera es único en su tipo. En segundo lugar, las categorías permiten agrupar la cuantía de vídeos y demás contenido para adultos, estandarizándolos en un elenco. La problemática del segundo punto surge en la titulación de los vídeos pornográficos que sirven para catalogarlos, versando sobre incesto o los múltiples temas que rompen de alguna forma el mundo simbólico de las normatividades, en el plano psíquico. Es problemático puesto que el universo pornográfico ha condicionado nuestra conducta sexual para bien o para mal, despertando en nosotros el deseo de emulación a través de su consumo.


Publicidad como negación de la realidad

Hemos sostenido que la pornografía recoge y reelabora un material coherente con la realidad, es decir, con una expresión positiva, efectuante, regular en su ser, devenida histórica y dialécticamente frente a mitemas históricos que la niegan.


Empero, la pornografía no deja de generar sospecha, la cual es fundamentada en virtud del ámbito satelital no menor de la cinematografía: la publicidad.


«En esencia, la publicidad carece de acontecimientos. Su campo de acción es justo aquel en el que no ocurre nada. […] Situada en un futuro continuamente diferido, la publicidad excluye el presente y, con ello, elimina todo devenir, todo desarrollo. En su mundo, la experiencia es imposible. Todo lo que ocurre, lo hace fuera de él» (Berger, 2016, p. 153).


Además, los sucesos recogidos en el ejercicio fílmico son distintos a sus reelaboraciones, tal como enuncia Benjamin (2003): «una es la naturaleza que se dirige al ojo y otra la que se dirige a la cámara» (p. 86), «[la imagen] del operador de la cámara es una imagen despedazada muchas veces, cuyas partes se han juntado de acuerdo a una nueva legalidad» (p. 81). La realidad reelaborada por el desempeño cinematográfico es de segundo grado.


El elemento sospechoso de la pornografía se percibe cuando asume un carácter publicitario, fenómeno que padece toda la cinematografía. La publicidad tiene sus fuentes en el arte pictórico, aurático:


«[…] la continuidad entre la pintura al óleo y la publicidad va mucho más allá de la “cita” de cuados concretos. La publicidad depende en gran medida del lenguaje de la pintura al óleo. Habla con la misma voz sobre las mismas cosas». (Berger, 2016, p. 135).


Pese a lo anterior, al ser usada como el instrumento más eficaz del consumo desvirtúa el producto cinematográfico como arte, alentando los afectos usados para propiciar el consumo: el mimetismo del deseo o emulación y la envidia, retrotrayéndose al otrora superado valor de culto. La publicidad es el sistema de transmisión de los códigos de consumo, del capitalismo como religión. El arte nacido para ser reproducido, superando los valores de culto, es trastornado así por la publicidad: «[…] la explotación capitalista del cine prohíbe tener en cuenta el derecho legítimo que tiene el hombre de hoy a ser objeto de una reproducción» (Benjamin, 2003, p. 78).


«La publicidad siempre se centra en el futuro comprador, a quien le ofrece una imagen glamurosa de sí mismo gracias al producto o a la oportunidad que se le está intentando vender. Esta imagen hace, pues, que envidie lo que podría llegar a ser. Sin embargo, ¿qué hace envidiable este “lo que podría llegar a ser”? La envidia de los demás. La publicidad se centra en las relaciones sociales, no en los objetos. No promete el placer, sino la felicidad, una felicidad que otros juzgan como tal desde fuera. La felicidad de ser envidiado es glamour» (Berger, 2016, p. 132)


La pornografía es capaz de mostrar una actividad ejercida libremente, frente a aspectos que la coaccionan en virtud de mitos funcionales; empero, no todo en la pornografía apunta a un ejercicio desinteresado del sexo, pudiéndose decir que es todo lo contrario.


Monja arrodillada y Reverso (1731), de Martin van Meytens

REFERENCIAs BIBLIOGRÁFICAS
  • Benjamin, W. (2003). La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. México, D.F.: Itaca.

  • Berger, J. (2016). Modos de ver. Barcelona: Gustavo Gili.

  • Gombrich, E. (1995). Historia del Arte. México D.F.: Diana.


 

Edson Aldair Cáceres Zambrano


Estudiante de Educación mención matemáticas de la Universidad de Carabobo.

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