Los agenciamientos educativos y su no-vivencia
- caracas crítica
- 30 oct 2022
- 5 Min. de lectura
Por: Giann Di Giuseppe.

Es curiosa la relación entre los conceptos y la vida. Existe una caracterización de la filosofía como una actividad meramente contemplativa, reflexiva y alejada de toda realidad posible. Ahora bien, dicha caracterización, que puede ser tomada como filosofía teórica, no tiene otra relación que la vida misma. Cuando se hacen conceptos, estos son parte de la categorización de las experiencias trascendentales (si seguimos a Kant) que buscan la universalidad en lo cotidiano. Cuando leemos sobre algún concepto, lo más probable es que se pueda experimentar en la práctica. Por esto la relación entre filosofía teórica y práctica ha sido mal desarrollada por muchos filósofos, ya que la división arbitraria de los dos campos es fundamentalmente superficial. Siguiendo a Deleuze y Foucault, se tiene que un concepto es “exactamente como una caja de herramientas.” (Foucault, 1981, p.11). De la vida emanan los conceptos que, a su vez, son utilizados para vivir la vida. El concepto es como un ladrillo, puede ser utilizado para construir la corte de la razón, o para romper una ventana.
Puesto que es la vida misma de la que emanan los conceptos, el reconocimiento teórico de las ideas en las vivencias cotidianas hace que los propios conceptos se parezcan a los afectos; se vive el concepto, en su inmanencia pura, como cuando se experimenta una obra de arte. Por esto es que, una vez introducido un concepto, es posible experimentar su fuerza de afección en la vida.
La primera persona no es necesaria para la escritura de una experiencia; estamos en contra del Yo. Por eso es que los pasillos que se recorren en las instalaciones de la unidad educativa siguen existiendo con su largo y anchura, funcionando para segmentarizar a las máquinas que pasan: los de quinto año están en el primer piso, luego van los de segundo y tercer año al piso de arriba, finalmente los de cuarto año se alojan en el piso tres. En el medio del edificio un espacio vacío, una zona de recreo que centraliza a los agenciamientos que se están formando.
Empieza el día a las 7:15, suena la alarma. Un código está fijado allí donde existe el sonido: es momento de empezar el día. Se procede como un ritual, ya que los códigos siguen como fantasmas en un socius donde el código ya no es necesario. El cuerpo sin órganos del despótico aparece para sobreedificar los cuerpos, los órganos, mover las manos en forma de cruz, recrear la pena de Cristo, mostrar la culpa a través de movimientos específicos: primero arriba, luego abajo, luego a la izquierda y finalmente a la derecha. Amen. Los alumnos, esa conjugación de subjetividad social binaria, se levantan para darle la bienvenida al profesor, el padre, el otro, el policía. Luego de una señal se pueden sentar y comienza la clase.
El tiempo se divide por horas que duran 45 minutos que se deben aprovechar al máximo. Todo debe durar más de lo requerido; no pretenda el profesor quedarse corto. Si por mala fortuna el encargado se queda corto de tiempo entonces debe recurrir a la norma: saquen sus máquinas de escritura (literal y al mismo tiempo no) y empiecen a repetir los enunciados de la historia; pura consigna.
Mientras que ocurre eso el profesor/policía/líder religioso debe ver. La mirada es el punto más fuerte en el proceso de subjetivación del agenciamiento alumno. Se mira para felicitar, pero también para castigar; la mirada del profesor infunde un en sí. Foucault ya habló de eso en Vigilar y Castigar, lo curioso es que las unidades educativas siguen con un sistema similar a la fábrica cuando ésta ya no existe; nuevamente se intenta trabajar a partir de códigos muertos. El profesor mira, los alumnos lo miran de regreso: evitan la trampa o la realizan con más cuidado, un simple error les costaría.
Aquí se evidencia la perversidad de la mirada: te veo, te castigo. La máquina ojo subjetiva al alumno, que ahora es delincuente: plagio. Se llama a un supervisor que sirva como testigo al castigo, que se imprime en el cuerpo de calificaciones o en el expediente del alumno. Poco a poco se va creando una nueva subjetividad disciplinada, que el día de mañana va a esperar que el semáforo se torne verde para avanzar con su vehículo: la máquina disciplinaria. El super yo va creciendo: primero a través del padre religioso, luego mediante el profesor. Dos regímenes distintos aplican su mirada en la máquina deseante que se va creando, determinando un cuerpo sin órganos que tiende al desacoplamiento de la primera síntesis del inconsciente o la síntesis conectiva: mi máquina mano se conecta con mi máquina lápiz, mientras mi máquina ojo lee las respuestas en un papel escondido. El primero le dirá: “Dios te está observando, tu castigo es el pecado” (La tercera mirada); el segundo le dirá: “Yo te estoy observando, tu castigo es reprobar”.

Así ocurre del lado de la subjetividad del alumno. Ahora bien, el profesor/policía/padre religioso es también una formación del agenciamiento unidad educativa/estancia disciplinaria/iglesia. El padre cumple su deber porque Dios lo está observando; si desea la vida eterna entonces debe cumplir con sus códigos: obediencia reactiva, resentimiento. El profesor/policía a veces no se encuentra atado por eso, no siente una culpa en el sentido de la fe. En cambio, como su cuerpo sin órganos se engancha al capital, es a su vez castigado por ese mismo cuerpo sin órganos. El padre religioso es cosificado por Dios; el profesor es cosificado por el coordinador, por los alumnos que llegan a sus casas a informar de la conducta del profesor, de los otros profesores que le observan: la máquina de observar es a su vez observada. Por las ventanas de los salones se logra ver una estructura casi escondida, de vidrios negros y una puerta. Dentro de esa estancia se sabe que reside el coordinador, capaz de verlos a todos, pero sin ser visto de vuelta; sea por cámaras o desde su vidrio, lo observa todo. El profesor debe cumplir con su trabajo: castigar y ser castigado. Se crea una subjetividad disciplinada que nada tiene que envidiar al alumno.
Todo esto ocurre sin un Yo, sin una conciencia que se encuentra en el mundo. Los movimientos maquínicos son de carácter inconsciente, pre-subjetivos, ya que estos crean la propia subjetividad dentro del agenciamiento unidad educativa (que se diferencia del agenciamiento casa o de cualquier otro agenciamiento). Es un sistema de esclavitud maquinica, incuantificable, a-significante: una mega máquina que ordena los flujos de tal forma que se entiendan como inputs y outputs, indiferentes de una subjetividad, en identidad con las máquinas que se emplean (acá el sentido de máquina es entendido como máquina técnica). No existe un Yo que recorre los pasillos, en la instalación de la unidad educativa, en su largo y anchura. Las máquinas no tienen una consciencia, solo se conectan y se ordenan; se codifican los órganos para su funcionamiento subjetivado: los alumnos se levantan y saludan al profesor. El profesor los observa y es observado.


Giann Di Giuseppe
Graduando en Estudios Liberales en la Universidad Metropolitana (UNIMET).
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