
Ciencia de los sentidos
Alexander Baumgarten en los prolegómenos de su Ästhetik (1750-1758) definió el término «estética» como „die Wissenschaft der sinnlichen Erkenntnis“ [la ciencia del conocimiento sensible], en tanto arte del bello pensamiento y arte del pensamiento análogo de la razón [„als Kunst des schönen Denkens und als Kunst des der Vernunft analogen Denkens“].
Con esta definición se distingue lo que la estética desarrollará posteriormente: la curaduría, la normatividad artística (Kunstrichter) y la crítica de arte (Kunstkritik), sostenido desde las alturas y profundidades que otorga la filosofía, como un saber conceptual racional.
La relación entre la filosofía y el arte tiene su precedente medieval, con Herrad von Landsberg y su Hortis Deliciarum (1167-1185) —rememorado por el Jardín de las Delicias de El Bosco—, subordinando a Philosophia las llamadas artes liberales: Gramática, Retórica, Dialéctica, Música, Aritmética, Geometría y Astronomía; excluyendo, asimismo, a la Poesía y la Magia como actividades del «espíritu inmundo».

El componente espiritual implícito a lo estético, en el tránsito temporal del medioevo a la modernidad, fue desarrollado también por Charles Batteux con Las bellas artes reducidas a un mismo principio (1746), para quien los principios estéticos se asientan en la mímesis, la poiesis o creación y la libertad en tanto condiciones indispensables a las bellas artes. De allí que poesía, danza, pintura, escultura y música, junto con las artes medianas entre lo bello y lo útil —la arquitectura y la elocuencia—, conducen al hombre a un sentimiento de autonomía en la percepción de lo artístico, a través de su gozo.
Por otra parte, Lessing distinguió y separó, como contraparte de Batteux, los tipos de arte, en tanto se subsumen a lo consecutivo y a lo coextensivo, como artes del tiempo y artes del espacio. Criterios que nos sirven, además, para discernir a profundidad y de manera racional eso que se despliega en y por la actividad artística, en concordancia con la definición de estética: conocimiento de lo sensible, subyacente al sentimiento de lo bello en la experiencia artística, análogamente como procede la lógica de la razón (rememorando la distinción de la antigüedad griega entre aisthētikḗ [αἰσθητική] y logikḗ [λογική], la ciencia que se obtiene a través de los sentidos y la ciencia que se obtiene mediante la razón, respectivamente).
Museología
Curaduría, Kunstrichter y Kunstkritik son conceptos y funciones que nacen con la idea de los Salones Franceses del siglo XVII, bajo la protección y promoción de Luis XIV, extendida en la cultura, con posterioridad, en la figura del museo y la museología.
La cultura artística tiene un papel preponderante en los encuentros sociales, puesto que el arte en sus múltiples expresiones y su pensamiento crítico en su componente espiritual logra capturar los anhelos vitales, desplegándolos en una orientación definida. El arte encauza los deseos y las pasiones en una teleología omniabarcante, develando los mundos posibles.
Quizás se considere que no hay una función social aprovechable en el arte y que por tal, sea asumida solamente en un carácter publicitario, como si lo que se percibe a través de los sentidos fuese horizontalmente igual, equidistante, mediano (mediocris).
En contra de lo anterior, las mismas teoría y praxis artísticas nos muestran que la obra de arte es un producto o hechura que escapa a criterios utilitarios, proyectos políticos y demás finalidades espurias. El arte se sostiene en el concepto de relación, tal y como lo entiende Diderot («yo llamo, pues, bello fuera de mí, a todo aquello que contiene en sí mismo el poder de evocar en mi entendimiento la idea de relaciones, y bello en relación a mí, a todo aquello que provoca esta idea»), más allá de su mercantilización. El arte no vale porque sea costoso, vale porque suscita un cúmulo de relaciones sensorio-formales, es decir, su valor estriba en el akmé (ἀκμή) griego, como posibilidad de llevar a un término extático el flujo sensacional impreso en la obra de arte. De este modo, puede verse como la «estética» pensada por Baumgarten se manifiesta como una ampliación y extensión de los goznes de la razón.

Sofía, axis mundi
Resulta un juego gracioso y encantador que sofía o sabiduría sea el eje del mundo filo-sófico y artístico, y que Sofía haya sido el eje del mundo artístico venezolano, con su pujante actividad. Esta rara avis fue centro de gravitación de las pléyades artísticas de su tiempo, nacionales e internacionales, como actividad curatorial, administrativa y crítica-intelectiva, a la cabeza del Museo de Arte Contemporáneo.
Podríamos entender la vida pública cultural de Sofía como la construcción de un entramado conceptual y vivencial, puente entre el mundo material y espiritual, que acercaba con carácter persuasivo —a los umbrales de la plástica— a los interesados, que no eran pocos, en la magnífica obra que fue el MACCSI, habitáculo de la libertad espiritual, sosteniendo, con legitimidad, lo que esta institución significaba para la vida pública, para la república venezolana y para el mundo.
Entre Parque Central y el Teatro Teresa Carreño, el MACCSI da cuenta de que la belleza “es una suerte de garantía de que, en medio de todo el caos de lo real, en medio de todas sus imperfecciones, sus maldades, sus finalidades y particularidades, (…) la verdad no está en una lejanía inalcanzable, sino que nos sale al encuentro”. Al encuentro, en la medianía urbana caraqueña.
En Sofía se interseca el conocimiento de la normatividad artística (abarcando el conocimiento técnico de la plástica), la actividad curatorial (constatada en la administración museológica) y la crítica de arte (con su programa matutino de entrevistas). Muy pocas veces un solo y mismo espíritu reúne las cualidades reconcentradas en Imber, dadas en gratuidad a todos los venezolanos. Quizás en ella más que en ninguna otra persona pública se dio aquello de Cecilio Acosta: «el que sabe, puede; el que puede, produce».
Glosarla es hablar de la libertad conducida en buenos términos. Es decir, ella, la intransigente, más allá de la libertad en abstracto nos legó un ejemplo de liberalidad en concreto, siendo coherente con la cualidad atemporal de la esfera del arte, coherente con la relación que guarda con la filosofía.
Sofía Imber hace parte, pues, de la eviternidad espiritual.
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